Día de Muertos: una celebración a la muerte con mucha vida

Banderillas de papel picado, ofrendas, calaveras pintadas de colores – e incluso hechas dulces -, entre otras representaciones, identifican las festividades con motivo al Día de Muertos en México; y es eso, una celebración en honor a los que ya partieron. Tradición que muestra el sincretismo entre la cultura prehispánica y europea-cristiana que se gestó en estas tierras.

Tzompantli en la calle Regina. Centro Histórico de Ciudad de México
Tzompantli en la calle Regina. Centro Histórico de Ciudad de México

El sábado 31 de octubre nos aventuramos a Mixquic, un pueblo de la delegación de Tláhuac de la Ciudad de México, para ver cómo celebraban el ritual del Día de Muertos. Lugar que le tenía puesto el ojo desde hace semanas porque me lo habían recomendado como emblemático en cuanto a la experiencia que se vive en el desarrollo de esta importante costumbre mexicana.

“El mito y el rito son parte sustancial de la memoria. El mito se alimenta de la memoria, de la tradición oral. Mix­quic es un pueblo de tradición, de memoria, de veneración a la palabra de los viejos… y los viejos dejaron sus huellas ve­nerando a sus viejos. Mixquic es tributario de la memoria y la tradición que le da un lugar privilegiado en el universo de lo sagrado. Los muertos son raíz de todos nosotros, ellos los veneran”. – Mope.Amore

Llegamos a la estación de Metro Tasqueña, donde se encuentra ubicado una central de autobuses. Ahí preguntamos por la unidad que nos llevaría a Mixquic, con la sorpresa que no había ninguna que tuviera una ruta directa: “deben tomar el pesero hasta Tulyehualco y ahí tomar otro hasta Mixquic”, nos informaron. Así inició nuestra travesía del día. Nos tomó más de una hora y cuarto llegar hasta Tulyehualco sin hacer parada alguna – y casi nada de tráfico – ; luego, caminar dos cuadras aproximadamente hasta tomar el otro pesero que nos llevaría al destino final; con la mala suerte – y despistados nosotros- que nos pasamos 25 minutos de camino y llegamos hasta Chalco, para tomar otro transporte y regresarnos a Mixquic.

Ya en el pueblo nos conseguimos con calles cerradas donde terminaban de instalar unos tianguis con ventas de artesanías propias de las festividades, comida tradicional, bebidas…. Así como gente disfrazada de Catrinas y Catrines, o sus caras maquilladas de calacas. El recorrido te llevaba hasta la iglesia de San Andrés de Mixquic y el exconvento homónimo, patrimonio arquitectónico más importante de esta localidad. Es aquí donde se encuentra el camposanto protagonista de la celebración, aunque en ese momento aún estaba todo muy apagado ya que la comunidad apenas se preparaba para recibir a sus muertos.

Tanto la capilla como lo que fue el convento fueron construidos por frailes agustinos sobre lo que era otro templo, un teocalli mixquica – pirámide de piedras con fines religiosos y políticos -. Para inicios de 1600, el edificio colapsó debido a un terremoto quedando sólo en pie su campanario, reconstruyéndolo nuevamente para antes del primer cuarto de ese siglo; aunque se mantienen elementos originales de la primera construcción como los clavos y chapetones del portón de madera, entre otros. En el patio interno aún se ven vestigios de lo que fuera el centro ceremonial prehispánico, como: la figura de Mictlantecuhtli (Dios de la vida de la muerte); aros del juego de pelota y un Chac-mool.

Bordeamos estas instalaciones y nos topamos con una plazoleta en la que habían instalado una tarima donde estaban presentando unos bailes tradicionales de Oaxaca – con repartición de mezcal incluido -. Más adelante, frente a una casa donde tenían una venta de pulque, la muchacha que atendía me explicó: “hoy sólo habrán actos culturales, pero mañana primero de noviembre es que van a limpiar las lápidas. El dos es muy lindo, porque es cuando las familias despiden a sus difuntos y se realiza la alumbrada del panteón… Hay veces que al final de las festividades, en la entrada del pueblo, hacen un juego de pelota donde participan las comunidades vecinas, pero no estoy segura si este año se realizará. Hace tres años, cuando me correspondió participar en la organización, se hizo un juego de pelota de fuego”.

El ritual

Alumbrado del Panteón.
Alumbrado del Panteón. Foto de: travels.sierravictoria.com

“En Mixquic, el Día de Muertos es un acto que combina la tradición prehispánica con el rito católico de la muerte.  En el Mixquic precolombino, éste simbolizaba la esencia misma del ritual funerario. La deidad central era Miquiztli, la Diosa de la Muerte, en cuyo honor se practicaban sacrificios humanos, sobre todo de prisioneros de guerra”. – Silvia Eugenia Ruiz

Según me relata la joven de la venta de pulque – así como lo que pude investigar con otras fuentes – los habitantes de Mixquic inician su rito el 31 en la mañana, organizando el altar de muertos donde colocarán las ofrendas: flores de campesúchil, velas, e incienso para guiar el camino de las almas con la luz y el aroma; comida y bebida que le gustaban a sus difuntos, elementos personales que les pertenecían, sus fotografías, sillas alrededor para que descansen cuando lleguen del viaje, incluso se pueden conseguir juguetes para las ánimas de los niños. Todo de manera tal que se sientan a gusto.

Incluso, se preparan desde antes durante el mes de octubre. Así como en Venezuela, para la época navideña, las familias acostumbraban a arreglar, limpiar, pintar, renovar sus casas para recibir la Navidad y el año nuevo con alegría; es en esta época previa del Día de Muertos que hacen estas preparaciones, para que sus ánimas los encuentren bien y generar así el ambiente propicio para el compartir sin añoranzas.

El 31 al medio día, y con el aviso de las campanas de la iglesia, es cuando empiezan a llegar niños difuntos, las madres de estas almas abren las puertas de sus casas para que pasen. Sólo estarán hasta el medio día del primero de noviembre, cuando retoman su camino al “más allá” y den el chance para que las ánimas de los adultos lleguen. Ya para el segundo día de noviembre, al finalizar el día, los habitantes se dirigen hacia el Panteón, para continuar ahí los últimos instantes de ese compartir, donde decorarán las tumbas con flores y las ofrendas… encenderán velas para alumbrar el camino de los suyos en su regreso a Mictlán – lugar de los muertos – sin que se pierdan. Para ese momento, el camposanto se viste con una gama de colores que se pasean entre el amarillo y naranjas, por las flores de campesúchil y las velas encendidas que dan el tono de misticismo del momento.

¿De dónde surge todo esto?

Explicación sobre la ofrenda prehispánica. Sección de una ofrenda colocada en un colegio de Colonia del Valle.
Explicación sobre la ofrenda prehispánica. Sección de una ofrenda colocada en un colegio de Colonia Del Valle.

“Comer muertos es para el mexicano un verdadero placer, se considera la antropofagia de pan y azúcar . El fenómeno se asimila con respeto e ironía, se desafía a la muerte, se burlan de ella comiéndola” – José Luis Curiel Monteagudo

“Nuestra cultura antes de la llegada de los conquistadores era venerar a la muerte como un ente, como una deidad, la llamaban Ah Puch – en la cultura Maya -, pero cuando llegan los cristianos se contrapone, porque la figura central es Jesucristo y representa la vida no la muerte, pero como estaba tan arraigado necesitaban encauzarlo o darle un toque diferente”. Me explicaba Ricardo, un guía en Chichén Itzá, hace par de meses cuando le preguntaba sobre todos estos ritos en torno a la muerte. “No es lo mismo venerar la muerte que hacer celebraciones para recordar a los que han muerto, entonces cambia la perspectiva. Ya no estamos venerando un ente que representa la muerte sino que estamos haciendo recordatorios de gente que ha fallecido y el contesto es muy diferente y eso si lo aceptó la iglesia católica”, resaltó.

Y así como para los Mayas, para gran parte de las culturas mesoamericanas el culto a la muerte era parte importante de la cosmovisión de sus pueblos; era una etapa que concluía y continuaba en otro lugar, sin la connotación del premio y castigo. “La muerte era parte del cosmos sin cargas morales. Simplemente era. Su representación estaba obligada en cualquier acto trascendente de la vida individual y social, no sólo durante las ceremonias a los dioses o en los deberes para con los difuntos”, se lee en la página de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.

Claro, al llegar los españoles y evangelizadores católicos, fusionaron estas tradiciones con las del viejo mundo, haciendo coincidir las festividades ya existentes con la celebración del Día de Todos los Santos y todos los Fieles Difuntos que tiene lugar el primer y segundo día del mes de noviembre.

Pan de muerto
Pan de muerto. Foto de: http://www.ciudadypoder.mx/

Además, a raíz de esta fusión de culturas surge el Pan de Muerto, un pan de forma redonda, de consistencia muy suave, dulce y – dependiendo de la región – espolvoreado con azúcar o ajonjolí. En la parte superior tiene unas figuras, hechas con la misma masa, que representan cuatro huesos y un cráneo. Se empieza a ver en las panaderías desde el mes de septiembre, e incluso antes.

Esta pieza gastronómica se deriva de los sacrificios humanos, cuando el corazón aún latiente de una princesa era ofrecido a los dioses, se introducía en una olla con amaranto y después quien encabezaba el rito mordía el corazón en señal de agradecimiento a un dios. Los españoles rechazaron este tipo de manifestaciones cambiando la representación del rito con la realización de un pan de trigo en forma de corazón cubierto de azúcar de color rojo que simulara la sangre de la joven doncella (más info en Vanguardia.mx).

Y en el resto de Ciudad de México…

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Vista del Zócalo y su Mega Ofrenda

“La catrina fue creada por José Guadalupe Posada y es como una especie de burla, mofa, que hace referencia a la clase alta, a la clase gobernante. Por eso a la muerte la visten con ropas elegantes, de lujo. La perspectiva es que no importa cual sea tu vestimenta cuando fallezcas te vas a convertir en una calavera”. – Ricardo,  guía de Chichén Itzá.

Para asegurar que tendríamos cómo regresar a casa en transporte público, salimos de Mixquic ese mismo sábado a las 8:30 de la noche. En el trayecto veíamos cómo las plazas de las comunidades de Tláhuac se habían transformado para dar cabida a la festividad del Día de Muertos. Alfombras hechas de campesúchil, estrellas de papel y cartón, banderines de colorido papel picado, conciertos, actos culturales, y la gente disfrutando de estos espacios.

Ya más cercanos al centro urbano-histórico de Ciudad de México el ritual no es tan marcadamente tradicional como en Mixquic, pero todavía hay familias que mantienen la costumbre de sus ofrendas en sus casas y continúan el rito en los cementerios. Pero ahora estas manifestaciones se trasladan a las calles, plazas, colegios, universidades, teatros, sitios de conciertos, donde con toques de “modernidad” se festeja igual.

Además hacen concursos – con voto popular – para premiar a las mejores ofrendas. Este es el caso de la calle Regina en el Centro Histórico, – el cual recorrimos el domingo por la noche -, donde además conseguíamos ofrendas a las que le añadían performances tanto humorísticos, críticos, como activistas. Interesantísimo también era ver cómo la misma iglesia – o por lo menos en el caso del templo ubicado en la calle Regina – también participa de estas manifestaciones “paganas”, colocando dentro de su recinto una ofrenda con todas las de la ley.

El Zócalo también muestra su mega ofrenda, que en esta oportunidad estuvo dedicada a las víctimas del sismo de 1985, en la conmemoración de los 30 años de la tragedia. Diseñada por el artista mexicano Felipe Ehrenberg, en la que resaltaban gigantescos Tzompantlis – especie de empalizada o altar hecho de cráneos tallados en piedra o cráneos empalados – en blanco y negro, en las que eran proyectados diversos efectos de colores o videos.

En fin, como leí en el blog de César Abraham Navarrete, que me tropecé buscando ansiosa más datos y explicaciones sobre esta cultura a la muerte, donde cita – en noviembre de 2012 – el ensayo “Todos santos, Días de muertos” de Octavio Paz, quien escribe:

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizás tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: “si me han de matar mañana que me maten de una vez”

(…) Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable. En un mundo cerrado y sin salida, en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte. Pero afirmamos algo negativo. Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos de fuegos artificiales, nuestras representaciones populares son siempre la burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el Día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarronada familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos ¿Qué es la muerte? No hemos inventado una respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos nos encogemos de hombros: ¿Qué me importa la muerte, si no me importa la vida?

 

Era inevitable escribir sobre la muerte y no tener a El Gran Combo sonando en la cabeza:

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