El relato del apego desde una peluquería

“¡Que bien! ¡Tengo varias clientes venezolanas! Y te advierto amiga, el clima de aquí te va a cambiar el cabello. Te lo va aponer más reseco y te recomiendo un tratamiento para controlar el frizz”. Ese fue el discurso de recibimiento que me hicieran en una peluquería en el DF.

Alexa, es el nombre de la estilista que me atendió. Ella, de estatura media mexicana – bajita al lado mío -, con el cabello perfectamente arreglado con lo último en moda en cuanto a coloración – creo yo -, y unas uñas acrílicas bastante llamativas; se emocionó con mi cabellera y empezó a sugerirme cuanta cosa podría hacer en ella.

Imagino que su reacción se debe al creer que yo, como mujer venezolana, iba a querer hacer en mi cabello cuanta cosa existiera en el mercado actualmente. Pero resulta que se consiguió con la chica venezolana que detesta estar bajo un secador, o tener que retocar las raíces cada 3 semanas, o estar planchándose el cabello cada dos minutos, y detesta a muerte el olor de los químicos que dejan el cabello más liso que el de una japonesa.

A dos semanas de haber aterrizado en México, estaba desesperada por cortarme el cabello. Era una tarea que tenía pendiente antes de salir de Caracas, pero con todos los preparativos del viaje, y la boda de mi hermano, no me dio chance siquiera de pasar por el salón de Omer para poner un poco de orden a mis greñas.

Tenía días caminando y cada vez que pasaba al lado de una peluquerías echaba un ojo a ver si me identificaba, pero nada. Hasta que por fin, al salir de una farmacia por la avenida Eugenia veo lo que estaba buscando. Tenía todo el swing de mi salón de cabecera en Caracas. Entré a preguntar y al día siguiente ya estaba instalada.

Mientras nos poníamos de acuerdo con el corte de cabello, Alexa empezó a contarme varias historias – algo tradicional por lo visto, que transciende las fronteras, de los salones de belleza -, pero entre los cuentos de sus clientas venezolanas, y otros detalles, hubo una que trascendía todas las demás.

Justo cuando toma las tijeras para iniciar su labor, suena su celular. Por lo que pude entender era sobre su carro, que se encontraba en el taller. Del otro lado de la comunicación le indicaban que ya podía retirarlo al día siguiente. Ella por su parte le consulta a su interlocutor si puede revisar otras piezas del vehículo, además de solicitar un informe escrito para su aseguradora.

Hasta ahí me pareció algo cotidiano, sólo que al finalizar la llamada se suelta a contar:

“¡Ay amiga! ¡Si supieras! – de una me hizo su amiga de toda la vida – Es que tengo mi carrito en revisión. Me lo robaron justo aquí, saliendo del Salón. Pero lo pude recuperar. Está en el taller donde lo están chequeado por asuntos del seguro y le cambiaron el sistema de la llave…”.

En las revelaciones de Alexa resalta que no es la primera vez que le roban su carrito de color amarillo, sino que esta era la segunda vez en un corto plazo, y según le entendí aparentemente fue la misma persona – ¡el colmo! -.

Yo no lo podía creer, mi cara era de asombro total – me imagino que no la podía ver por toda mi cabellera tapándome el rostro en ese momento – con lo que no pude evitar responder, en un muy criollo: “¡Pero mijita! ¡A la tercera es la vencida! ¡Yo vendería ese carro!”; a lo que ella me responde: “¡Ay! ¿Tu crees amiga? Mi familia también me dice que lo venda”.

Con mucho esfuerzo mi nueva estilista compró su vehículo de ese color chillón porque según las estadísticas eran los que menos hurtaban. Pero definitivamente con ella la regla fue la excepción. Cuando fue a rescatar su bien, en las dos oportunidades, el suyo era el único carrito amarillo entre todos los recuperados.

Lo que menos podía creer de todo este relato era el tiempo que tomó a las autoridades recuperar su coche: un par de horas la primera vez, y en esta oportunidad una noche; todo gracias a un seguro satelital. Apenas me cuenta eso le digo: “¡Niña! ¡Pero eso es una maravilla!” Ella me mira incrédula y continúo: “¡Nooo mija! En mi país primero para recuperar el carro es un rollo y si lo consiguen, según los cuentos porque no tengo carro, tienes que negociar con la policía para que te lo entreguen. Es más, siendo así, yo que tu me quedo tranquila y con el carro”.

En la conversación sobre los pro y los contras de quedarse con el automóvil amarillo, termina explicando Alexa: “Amiga, la verdad es que ese carrito para mi es muy preciado. Estoy muy apegada a él. No se si me entiendes, es como esos zapatos viejos que te niegas a botar, o los pantalones que los usas todo el tiempo y ya están por colapsar… debes tener algo así”.

En ese momento, sus tijeras terminaron su trabajo. Un arreglito aquí y otro allá. Finalmente me toma unas fotos con su celular al tiempo que dice: “¡Amiga! ¡Quedaste bellísima! Tengo que colocar estas fotos en el Facebook y en mi Instagram porque estás fabulosa”.

Si supiera mi nueva amiga, que de apegos a las cosas sufro yo. Ella no es la única con ese mal, somos varios que no queremos soltar “nuestro carrito amarillo”, la entiendo perfectamente. Casi en automático inicié la lista de cosas de las cuales me cuesta desprenderme, y que voy cargando conmigo en todas mis mudanzas.

Fue una tarde particular. No sólo obtuve un corte de cabello nuevo, una nueva amiga y una historia que contar, sino que terminé apareciendo en las redes sociales de la peluquería con la siguiente frase: “¡Porque un cabello hermoso siempre es parte de tu personalidad!”

nuevo corte de cabello
“¡Porque un cabello hermoso siempre es parte de tu personalidad!” 🙂 (Fotos extraídas del facebook de la peluquería a la que fui… esa soy yo jejejeje)

One thought on “El relato del apego desde una peluquería

  1. Muy interesante el “foto-reportaje-anecdota”. Es cierto que el desprendimiento de las cosas materiales y tambien de sentimientos y apegos es parte importante en nuestras vidas. En un momento dado habrá que hacerlo para mejorar y crecer.

    Saludos

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